Algoritmos por todos lados

¿Debemos resignarnos a un mundo dominado por lo que una máquina analiza como bueno para nosotros?

Primero que nada, ¿Qué es un algoritmo?

Wikipedia define un algoritmo como: un conjunto prescrito de instrucciones o reglas bien definidas, ordenadas y finitas que permite realizar una actividad mediante pasos sucesivos que no generen dudas a quien deba realizar dicha actividad. Dados un estado inicial y una entrada, siguiendo los pasos sucesivos se llega a un estado final y se obtiene una solución.

Si aún quieres más explicaciones, puedes ver el siguiente video:

¿Cómo nos afectan?

La computación se ordena básicamente en estas secuencias de pasos que indican qué hacer ante cada situación. El manejo de todos los datos que hoy se recogen por la red genera posibilidades ilimitadas para conocer el comportamiento de las personas alrededor del mundo.

Hace ya dos meses Twitter anunciaba que dejaría de mostrar los tweets en orden cronológico, acercándose una vez más a la experiencia que ofrece Facebook, es decir, decidiendo (mediante algoritmos) qué información de nuestros contactos es relevante y cual debe ser descartada.

Ahora Instagram se suma a esta nueva tendencia, mientras que Netflix asegura usar los datos de sus 74 millones de suscriptores para predecir qué les gustará y de esa manera rumbear el guión de House of Cards para mantenernos enganchados.

Son cambios menores, que en general hasta pasan desapercibidos por la mayoría de los usuarios. Sin embargo, con estos cambios en las grandes plataformas de comunicación (Ya nadie duda que son los caminos por los que la gente se informa hoy), sólo estaremos logrando obtener versiones parciales de “lo que queremos escuchar o ver”.

Si el Siglo XXI comenzó con la esperanza de un acceso universal y la democratización del conocimiento y la información, apenas 16 años después nos encontramos con medios que buscan darnos sólo lo que queremos y nos gusta.

Pero…¿Por qué?

La lógica detrás de estos cambios es sencilla. Cuando entro a las redes sociales y sólo veo las expresiones de los mismos votantes de mi partido político, o los de mi cuadro de fútbol, reafirmo mi pertenencia y mis convicciones. Lo que opinen los “otros”, no importa, o al menos no me llega.

Si reafirmo lo que pienso, las redes sociales y las plataformas de entretenimiento, se vuelven eso, simple entretenimiento, lo que hace que quiera pasar más y más tiempo en ellas. Llevándonos a recibir más y más publicidad, a la recolección de más datos y realimenta el círculo.

Pero más allá de esas consecuencias “comerciales” y de privacidad que ya conocemos, desde el punto de vista social, estamos perdiendo la posibilidad de debatir fundadamente, de aprender del otro, de entender que no siempre tenemos la razón. La agresividad en los comentarios de cualquier diario son una muestra y, en parte, el producto de estas pequeñas decisiones de las que no nos damos cuenta.

Al lector desprevenido, probablemente esto suene a teorías conspirativas y que nunca tendrán consecuencias. Pensemos que sólo conociendo lo que pasa podemos evaluarlo, aceptarlo o rechazarlo, pero si ni siquiera tenemos conocimiento de que esto sucede, mucho menos podremos sentarnos a hablar.

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